martes, 29 de mayo de 2007

Relato Tanya


Domingo, 6 de la tarde.

Vamos rumbo a la casa de mi abuela. La radio toca a Queen, alguna canción conocida. Yo voy acostada en el asiento trasero mirando por la ventana los cables de altatensión. Mi mamá mira por el espejo del copiloto. – es fome esa canción- pienso y por arte de magia mi papá la cambia. Pero es algo peor. Son los goles de la Unión Española. La bío-bió deportes suena molestosa, con esa mala antena y el ruido de los hinchas atrás y lejos. Pinturas Ceresita y Pilas Duracell siempre suenan como sus auspiciadores. Me levanto y miro por la ventana: Las calles son más feas, hay peladeros, perros vagos y sin pelo. Pasamos por una cancha de básquetbol y mis tíos saludan cuando mi papá les toca la bocina.

Entramos al pasaje de tierra donde las casas hacen un semicírculo. Al frente de la casa de mi abuela hay una plaza mal cuidada, con maleza, donde antes que mi tata Luis muriera me llevaba a jugar al “¿Lobo está?, ese de “juguemos en el bosque, mientras el lobo no está...”

Se abre la reja y yo entro corriendo, saludo al gato que no me acuerdo cómo se llama y está mi abuela en la cocina, desgranando porotos –que no los haga ahora- pienso- le doy un beso y paso a la pieza del al lado, o sea, a las piezas que están detrás de la cocina, que son dos. Una donde duerme mi abuela y otra que es como una bodega, donde están todas las máquinas que mi tata ocupaba para la confección de zapatos y carteras, porque no era zapatero, sino que maestro talabartero. Y ahí tomo los trozos de cuero, de ese cuero café claro y neoprén. Llega mi papá y se echa en la cama de mi ita y pone la radio denuevo.

Voy a la cocina y ayudo a desgranar porotos, me guardo algunos en el bolsillo y salgo al patio. Hay un rincón secreto, que es chiquitito pero está rodeado de flores y arbustos. Y ahí juego a la comida.

Llega mi tía y su marido del básquetbol con mi primo chico y apenas me saludan. Me da rabia porque siempre pensé que no me querían tanto... ahora con el tiempo me doy cuenta que no estaba tan equivocada, aunque gracias al cielo que vivimos todos en Maipú... aunque me siguen molestando que soy del sector oriente... de Maipú.

Mi abuela empieza a picar ajo y yo lo huelo desde afuera. No recuerdo esto, pero mis tíos me cuentan que me daba como asco entrar al baño de esa casa... yo realmente no sé si era asco, pero es que allá era todo antiguo y más pobre que donde mis otros abuelos.

La once está servida. En la mesa redonda, al medio estaba el recipiente lleno de causeo: tomate, queso en cuadritos, sal, pimienta, ajo, aceite. La panera llena de marraquetas calientes, crujientes y una tetera grande donde mi abuela iba llenando los tazones igualmente grandes con té de hojas y azúcar.

Ahora pienso que por eso me gusta el té, y el causeo.


Sus ojos claros me sonríen cuando en mis cumpleaños llegaba con un queque hecho con azúcar flor y como pidiendo disculpas por lo poco. Y se me vienen los cables de la luz con el tango, el té con mango y la Unión Española.


1 comentario:

Unknown dijo...

Que hermoso Tanya...
los recuerdos de la casa de mi abuela también están relacionados con la comida...
creo que el olor que marca mi infancia es el del quequito caliente a punto de salir del horno... me transportó tu historia...